martes, 15 de diciembre de 2009

No hay porno gratuito en los hoteles caros.


Llovió tanto que tuvimos que resguardarnos en el Okura de Ámsterdam, recuerdo los ojos de la camarera cuando entró para hacernos la cobertura de la cama. Igual que recuerdo las manos de Iván, tampoco hace tanto de eso. Y los susurros de las empleadas españolas en aquel hotel londinense, tan victoriano. Y que no necesitamos para tapar los susurros las teclas del piano en el Palacio de los Velada, los minaretes que nunca callaron tras los cristales de las ventanas, los cipreses que llevaban a la villa toscana donde Gian Piero y su novio retozaban… También recuerdo aquel hotel que no tenía en el baño ni una mampara, los reclamos de neón en la calle y las putas en las puertas apoyadas. Recuerdo aquel sexo delicioso, cuando no tenía ni un duro y además de amar, follaba.